Mi existencia reflejada en los espejos cóncavos del Callejón del Gato
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domingo, 21 de agosto de 2016

Agosto en Edimburgo. Teatro y...


Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, Edimburgo organizó un Festival Internacional, centrado en representaciones de teatro, ópera y conciertos. Ocho compañías quedaron fuera de programa, y organizaron su propio festival on the fringe, algo así como en el límite. Desde entonces el Fringe se ha convertido en el festival de teatro más importante del mundo, sin desmerecer al Festival Internacional, que atrae a las grandes figuras de la escena británica y americana.
Así, durante el mes de agosto, en la capital de Escocia se concentran una enorme cantidad de agrupaciones escénicas de todo tipo, a todos los niveles. Coinciden el Festival Internacional, el Fringe, el Military Tattoo, el encuentro de agrupaciones teatrales de institutos americanos, miles de artistas callejeros entre músicos, acróbatas, magos, actores, mimos; las compañías del Fringe ofrecen en la Royal Mile (la calle central de Edimburgo) pequeños fragmentos de lo que ofrecen: musicales, revisiones de Shakespeare, transgresiones, vanguardias… La ciudad entera está implicada y hay representaciones en teatros, pubs, iglesias, y hasta salones de viviendas; y el centro ofrece un espectáculo multiescénico de una vitalidad arrolladora, que cautivaría a cualquier persona, no solo a los amantes del teatro.
Para mí ha sido un espectáculo fascinante, embriagador, que me ha golpeado en la cara, me ha noqueado y me ha vuelta a espabilar. Este año, gracias a la generosidad de Sara, amiga y antigua alumna, he podido ver cumplido el sueño de estar en Edimburgo en agosto. Y contemplar tanto entusiasmo, tanta vitalidad y entrega en las jóvenes compañías del Fringe me ha devuelto a mí mismo hace mucho tiempo. Me imaginé, me vi con ese mismo entusiasmo hace veinticinco años. Yo tenía que haber estado allí, tenía que estar allí en ese momento, pero al otro lado del telón. Me vi con mi grupo, no sé si decir compañía, a principios de los noventa, cuando después de ver nuestros montajes, fuimos invitados dos años consecutivos al Festival de Avignon, y al que al final no asistimos. Creo yo que fue por miedo, por falta de confianza en las propias posibilidades. En algún momento de mi formación, en alguna esquina del camino, se quedó la educación en la confianza en uno mismo, la autoestima, o como quiera que se llame. Y me faltó dar el paso. Dejando al margen mis cualidades, siempre discutibles, me faltó la fe y el atrevimiento. No tuve la suficiente confianza, convicción o determinación para perseverar, para no darse por vencido y retirarse antes de que la pelea hubiera ni siquiera comenzado. Y poco a poco, otros caminos y otras posibilidades fueron apareciendo.
No sé qué habría pasado. No sé si la vida que hubiera resultado me habría gustado en realidad. No me quejo. La educación es una ocupación intensa y vital, y me ha dado todo lo que tengo ahora. Y me ha permitido seguir en contacto con la practica teatral. Si no a nivel profesional, sí con el mismo nivel de exigencia y la misma pasión y entusiasmo. Pero la pulsión sigue ahí.

El viaje, el haber presentado un proyecto a Microteatro, un grupo de artes escénicas que ha salido para cuarto… todo eso ha desenterrado esa pulsión y la ha devuelto a flor de piel. Tanto, que hasta me podría plantear participar en el Fringe el año próximo, que conmemoran su setenta aniversario.
Aunque quizá ya es demasiado tarde.
O quizá no.



jueves, 18 de agosto de 2016

Donde el viento silba nácar


Uno de los amigos más antiguos que tengo no es de mi edad. En realidad, era uno de los amigos de mis padres, de la playa. Cuando yo no era más que un crío y las vacaciones duraban una eternidad, cada verano solían coincidir las mismas personas, los mismos matrimonios con niños, y a lo largo de los veranos se fueron fraguando relaciones de amistad muy sólidas. Se hacían grandes reuniones, de padres con hijos, donde todos charlábamos con todos. Eran en general personas amables, gentiles y divertidas. Aunque los niños congeniábamos con todos, siempre había algunos adultos más atrayentes para nuestros ojos. Y de entre ellos, Pepe era una figura magnética. Perecía como si lo rodeara el misterio.
José García Pérez, Pepe, a la vuelta de todos estos años, ha sido de todo. Pero en aquellos últimos años setenta en que España se movía incierta en los primeros caminos de la democracia, Pepe fue diputado en Cortes Constituyentes. Para mi madre era “Pepe el diputado”. Este hecho le convertía en una figura atrayente en general, pero para un niño que empezaba a tantear la adolescencia y a querer conocer más cosas, era alguien mucho más poderoso. Y Pepe, haciendo uso de su temple de maestro, siempre estaba dispuesto a atender largamente mis demandas, con charlas muy interesantes y muy entretenidas.
Donde el viento silba nácar es un lugar poético, pero vivido, imaginado por Pepe, entre las dunas, el Atlántico y los pilares de El Abanico. Ahí están encerrados muchos de aquellos momentos. Habitan en él, además, fragmentos de verano de mi última infancia, mi adolescencia y madurez; algún pedazo de invierno adolescente; bicicletas, recuerdos con mi padre, mi madre, hermana, amigos; dudas, escarceos y mentirijillas. Es un lugar mágico y envolvente, que me posee, y en el que encajo como la última pieza de un puzzle. Así está descrito en sus libros, que, aunque él no lo sabe, yo atesoro cuidadosamente.
Este año, por las razones que sean, no ha podido comparecer aquí donde el viento silba nácar. Y no vamos a poder charlar y cambiar impresiones. La sola presencia de su figura alta y desgarbada ya se echa de menos. Y aunque el silbo de ese viento trae ecos de muchas ausencias, y las iridiscencias del nácar están cada vez más oscurecidas por muchedumbres desordenadas y construcciones groseras y desaprensivas, ese lugar persiste en la memoria y en el presente, y renace cada año con nuevos impulsos de historias y vidas. Pero hoy se ve más empequeñecido por la ausencia de Pepe, que sólo puedo desear que sea pasajera.


martes, 13 de enero de 2015

Después

Al escuchar los pasos de su padre subir las escaleras ya sabía lo que vendría después. Ni se preocupó en disimular. De hecho, la mochila estaba abajo. El ya sabía que tenía que hacer los deberes. No sabía muy bien por qué o para qué. Solo sabía que tenía que hacerlos, y que no le apetecía.
- Tienes que hacer los deberes
- Ya, pero es que no quiero.
- Pero es que tienes que hacerlos.
- Pero es que yo quiero jugar.
- Ya jugarás después.

“Después”. La palabra terrible. Todo va a ser “después”, y al final no pasa… ver la tele, ir al cine, jugar con los legos, salir a jugar, ir a casa de Pablo… ¿A qué tantos deberes después de estar todo el día en el cole; para cuando voy a jugar con los legos, para cuando termine los deberes, que son el cuento de nunca acabar?
No se inmuta de momento y sigue con sus juegos.
El padre trata de no enfadarse y sin mucha convicción repite: “Tienes que hacer los deberes”. Se da la vuelta y baja las escaleras. Cada paso le suena como un clavo hundiéndose en su convicción. ¿A qué tantos deberes después de estar todo el día en el cole? ¿Cuando va a jugar con los legos, cuando termine los deberes que son el cuento de nunca acabar? ¿Cuando haya crecido y jugar con los legos ya no tenga sentido? ¿Cuando los asuntos vayan ya por otro camino y jugar con los legos sea cosa de niños? ¿Cuando la ilusión del juego, del logro y de la sorpresa ya no exista, no la recuerde? Entonces los legos ya habrán perdido su sentido, si es que lo tienen, suponiendo que algo tenga sentido.
El padre tropieza con la mochila que debía estar arriba y abierta. La mira.
- Deberías estar haciendo los deberes.


En casa de sus padres todavía hay cajas de legos. Las piezas están casi nuevas. Se usaron poco en realidad. También hay una bolsa de tela que tejió su abuela y que tiene canicas dentro. Y un Scalextric cuidadosamente guardado, que solo se montaba en Navidad; se usó en pocas ocasiones a lo largo de años. Se guardaba para después. Y al fondo del segundo cajón, un montón de historias que inventar, pendientes a ser jugadas después de terminar unos deberes que al final no sirvieron para orientar su vida posterior; no sirvieron para convertirle en una persona más sociable, más entrante, más segura y confiada. No sirvieron para después. No sirvieron para nada. 

lunes, 27 de enero de 2014

Veredicto final




La mayor parte del tiempo, estamos perdidos. Decimos: "Por favor, Señor, dinos lo que es correcto, dinos lo que es la verdad"; “Que no hay justicia; Los ricos ganan, los pobres quedan indefensos”

 

Nos vamos cansando de oír mentir a la gente. Y tras un cierto tiempo morimos.

Pensamos en nosotros mismos como victimas. Y en eso nos convertimos. Nos hacemos... Nos hacemos débiles. Dudamos de nosotros mismos, dudamos de nuestras creencias, dudamos de nuestras instituciones; y dudamos de la ley.

Pero hoy, ustedes son la ley. Ustedes son la ley. No unos libros, ni los abogados, ni la estatua de mármol o los enredos en un tribunal.

Eso son solo símbolos de nuestro deseo de ser justos. Son en realidad una plegaria, una ferviente y temerosa plegaria…

En mi religión se dice: "Actúa como si tuvieras fe y la fe te será dada".

Si... Si queremos tener fe en la justicia, necesitamos tan sólo creer en nosotros mismos y actuar con justicia.

 

Y yo creo que hay justicia en nuestros corazones.

 

Frank Galvin (Paul Newman)

Veredicto Final

 

Película dirigida en 1982 por Sidney Lumet. Guión de David Mamet.

martes, 7 de enero de 2014

Decisiones, decisiones...


La vida es, entre otras muchas cosas, un cúmulo de decisiones. Tomamos decisiones todos los días. A cada momento. Levantarnos cinco minutos antes o apurar al tiempo justo, la ropa que nos ponemos, si desayunamos tostadas o cereales, o el medio de transporte que escojamos. Muchas de estas están automatizadas o forman parte de la rutina, lo que no quiere decir que no sean decisiones. El hecho mismo de convertirlas en una rutina es una decisión. Cenar ligerito para dormir mejor; qué serie ver por la noche en la tele. Todas estas cosas nos permiten ir pasando los días, que se van sucediendo sin demasiado sentido.

Luego están otras decisiones de menor frecuencia y un poco menos rutinarias. Cortarnos el pelo, o el tipo de peinado; invertir en tal o cual asunto más tiempo o dinero; el tipo de coche, según necesidades o gusto o posición; a quien votar o no hacerlo.

Con otras tratas de formar el carácter. Cuestan, porque ya las tenemos arraigadas y hay que hacer un esfuerzo consciente: ser más paciente, estar más tiempo con los niños; hacer ejercicio, comer sano y no cometer excesos. Pensarme las cosas un poco, ser mejor persona.

Y están las de mayor transcendencia, las que se deben tomar con tiempo, porque se piensan para el largo plazo. Los estudios que haces, el trabajo que eliges (aunque ahora es más complejo y cada vez es a plazo más corto), con quien me debo casar, si decido hacerlo; tener hijos o no (el tener un hijo no te convierte en padre, del mismo modo que tener un piano no te convierte en pianista), el tipo de vivienda y su modo de pagarla. El modo general de vida.

Un buen número de decisiones acertadas en cada uno de estos estratos, te facilita la vida, te la acerca a la felicidad. Existen, desde luego, otras influencias, imprevistos, reacciones inesperadas. No hay, además, una receta que garantice buenas decisiones; no podemos evitar equivocarnos. De hecho, buena parte se comprueban a posteriori si fueron decisiones acertadas o no.

Pero hay otras que nacen viciadas, o que tienen su origen en impulsos guiados por instintos bajos, o que se ven erróneas (que no arriesgadas) desde el principio. De estas, si no las reconoces, o no te das cuenta, te advierten las personas más cercanas.

Si acumulamos decisiones equivocadas no debemos sorprendernos de que las cosas no nos vayan demasiado bien, aunque no seamos malas personas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Sunday is a lazy day

Cuando estuve estudiando inglés en Irlanda durante un mes, allá por el pleistoceno superior, esa era la frase que cada domingo solía repetir mi familia de acogida. Teniendo en cuenta que era verano, lucía el sol y no hacía demasiado frío, para los irlandeses era el tiempo perfecto. Y era perfectamente comprensible que fuera “lazy”: levantarse temprano, pasear, saludar a vecinos, ir a la misa matinal (Irlanda es muy católica) y saludar a todos los parroquianos y al cura… algún arreglo en casa, comida tranquilita, paseo vespertino…
Hoy hace aquí un domingo muy parecido a aquellos. Y además se dan circunstancias que me transmiten esa sensación. Me he tirado unos días o atareado, o con prisas por hacer cosas, aunque no fueran de trabajo. Y hoy, después de pasar ayer un magnifico día en el campo, me siento como liberado, y se me ofrece por delante un día tranquilito. He decidido dar un paseo largo con Lola y Dana. A mi me encanta salir temprano los domingos. Te da cierta sensación de clandestinidad: no se oyen coches, no te cruzas con casi nadie por la calle, solo algún vecino que van con prisas a comprar el pan para el desayuno, o los churros. En la Avenida de Finlandia están preparando los puestos para el mercadillo. A mediodía estarán abarrotados, lo mismo que las terrazas de los bares y quioscos, y habrá un montón de niños corriendo y jugando por los columpios. Ahora no. Las personas que están montando los puestos te saludan contentas.
Cuando llego al descampado del final, los alrededores del solar enorme donde Zoido va a construir un centro deportivo con una pista de esquí artificial (eso pone para este barrio su programa de alcalde) nos encontramos con Fresa, otra galga. Fresa es muy asustadiza, y su dueña rara vez la deja suelta. Pero hace unos meses han acogido a un pequeño macho mestizo, que ha ayudado a socializar a Fresa. Y hoy la ha soltado y ella y Dana han estado corriendo como locas al sol de la mañana por las zonas verdes de detrás del Fremap. Lo han pasado genial.
A la vuelta, después de un buen paseo, resulta que Zoido está por aquí, inaugurando el nuevo nombre de una rotonda (ahora glorieta) abierta al tráfico desde 2005. Justo delante del solar donde se tiene que construir el centro deportivo.
Los domingos como hoy, con sol, son días tranquilos, de terracitas, mercadillos y paseos. Pero para que es tranquilidad sea posible, hay otras personas para los que los domingos son día de trabajo fuerte. Su esfuerzo es necesario para ese beneficio de otros. En mi barrio el alcalde no es una de estas personas.

Me voy a pasear con Ringo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Por darme el gustazo, más que por necesidad


Con el propósito de recuperar, de desempolvar el blog, he estado releyendo las entradas pasadas. Haciendo arqueología. Y me he dado cuenta de que tengo un montón de artículos publicados. El blog es suficientemente antiguo como para eso. Estuve especialmente activo en 2010. Algún artículo incluso tuvo comentarios, o alguno salió especialmente jugoso.
Cada cierto tiempo hay alguno del tipo “voy a escribir más veces, con entradas más cortas” como el del otro día. Soy muy recurrente, según parece.
No se si todo esto debe desanimarme o animarme, pero como estamos cerca de Navidad, y con las evaluaciones terminadas, estoy propenso al optimismo. Y decido animarme: hay un montón de cosas escritas, y habrá alguien que las hay leído, o incluso alguien que llegue por error y le llame la atención. Hay incluso referencias y fechas que ayudan a recordar cosas y momentos, y que en su día me ayudaron a reordenar pensamientos y tranquilizar el espíritu. Hay cosas de Eva, de los niños, de mis perros (de Dana casi nada), de las cigüeñas de Bellavista; cosas de educación, cosas de otras cosas, alguna broma,... Partes al menos curiosas o interesantes.
No hay nada de adiestramiento, curiosamente. En 2011 y 2012 la producción desciende. Fue esa la época del curso de adiestramiento, de los cursos de coursera (hice cuatro el año pasado) Supongo que Facebook se ha llevado su parte. Pero escribir en un blog no es lo mismo. Merece la pena mantenerlo.
William Lever, Lord Leverhulme, un inquieto y pertinaz hombre de negocios victoriano, decía algo así como “se que la mitad de mi publicidad no sirve para nada, pero no se exactamente qué mitad”. De escribir en un blog se puede decir casi lo mismo; casi de la vida en general. Como me decía una vez Miguel Cisneros “nunca se sabe quien puede estar leyendo”. Nunca se sabe a quien afectará lo que digas o hagas. 
Dan Ariely es uno de los autores de uno de los cursos de coursera que hice el año pasado. Algún día tengo que escribir en el blog sobre el. Me gustó tanto que me he comprado dos libros suyos. En uno habla sobre la motivación de escribir en un blog, y concluye que, básicamente, la posibilidad de escribir para ser leído, aunque fuera por una sola persona, es suficiente para darse el gustazo de escribir un blog.

Pues eso. Escribir para darse el gustazo, Y si alguien lo lee y le gusta, le sirve, le alegra o le conmueve, pues mejor. Con cuatrocientas palabras más o menos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuatrocientas palabras




De los blogs personales que visito, observo que sus entradas son notoriamente más breves que las mías. He de reconocer que como aquí suelo escribir sobre lo que me interesa o me conmueve, me dejo llevar por la abundancia narrativa, con el riesgo (seguro) de aburrir y ahuyentar a la posible (y breve) concurrencia. Y con el resultado de una fuerte intermitencia.

Teniendo en cuenta también la popularidad de la inmensa brevedad de los “tweets”, parece que aquello de Baltasar Gracián (“lo breve, si bueno, dos veces bueno”) está más actual que nunca. Claro que esa frase presupone que lo que escribes brevemente debe ser bueno. Si no…; si no, se puede aplicar la segunda frase de la cita, menos conocida: “Y aun lo malo, si poco, no tan malo” Esto tranquiliza más, e invita al entusiasmo en la brevedad de los escritos.

Así pues, trataré de ajustarme a partir de ahora a la brevedad media de unas cuatrocientas palabras. Y conste que me cuesta.

Y es que sentarme a escribir es una actividad que me llama poderosamente la atención y que suelo realizar un montón de veces, sin llegar la mayoría de esas veces a ningún puerto. Como lo hago a salto de mata, entre momento ocupado y momento ocupado, al final no cristalizo nada. Y a lo mejor es porque me tiendo a extender demasiado.

Pero ¿se puede escribir algo con enjundia suficiente con cuatrocientas palabras? Javier Marías o Arturo Pérez Reverte lo hacen casi todos los domingos con unas ochocientas.

He de reconocer que yo no soy tan regular. Podría escudarme en eso. También he de reconocer que yo no soy tan escritor. Eso no es una excusa, es un hecho.

Pues bien. Resuelvo. He de intentarlo nuevamente. Vamos a ver si con más brevedad, su miaja de enjundia, y su poquito de futilidad, puedo mantener aireado el blog.

Con cuatrocientas palabras más o menos cada vez.

martes, 21 de mayo de 2013

Soy un ingenuo

Yo no sé de muchas cosas. No entiendo mucho de economía. Ni de empleo; más allá de entender que si me suben los impuestos y me bajan el sueldo, tendré menos dinero y gastaré menos, y que entonces pondré menos dinero en manos de otras personas, que a su vez tendrán menos dinero para mover. No entender cómo esto puede reactivar la economía, pero es que no sé de políticas macroeconómicas, ni de primas de riesgo, ni de balanzas, déficits de comunidades autónomas y todo eso.

No se de muchas cosas, ya digo. Pero en Educación llevo metido quince años (más en realidad, si contamos los años de teatro) y he procurado enterarme de algo; he estado en equipos directivos, jefaturas de departamentos, consejos escolares; he leído y estudiado la legislación educativa (extensa, confusa y en ocasiones contradictoria); he intentado estar al tanto de las nuevas tendencias y conocer, siquiera fuera por encima, algunos otros sistemas educativos. Y me pregunto quién ha procurado hacer eso al redactar la nueva ley de educación, llamada para la Mejora de la Calidad en la Educación. Y me pregunto en qué medida viene a mejorar la Educación, cómo piensa hacerlo. Y es que yo, aparte de no saber muchas cosas, soy encima un ingenuo. Siempre lo he sido, pero el otro día me lo recordó Eva, cuando andaba yo dándole vueltas a la LOMCE, pensando que un Ministro siempre querrá, efectivamente, mejorar la Educación.

Me acuerdo que de niño, de cuando en cuando, a la hora de cambiar impresiones con mi padre sobre cualquier asunto, al final siempre terminaba diciendo a mi madre “este niño se cree que los pájaros maman”, que para él supongo que significaría el colmo de la ingenuidad. Lo malo es que a mi edad todavía lo sigo siendo. Sigo pensando que el personal es esencialmente bueno y me cuesta trabajo imaginar a las personas actuando mal a sabiendas.

Supongo que por eso el otro día me volvía a preguntar la razón por la que Rajoy nombró ministro de Educación a Wert, y Eva me decía ingenuo. Es decir, yo entiendo que un presidente de un país tenga una ideología, y que gobierne en base a ella. Pero sigo siendo tan ingenuo como para pensar que dentro de esa ideología, de esa filosofía sobre las cosas, un presidente de un gobierno escogerá al que mejor haga las cosas en cada campo, al más profundo conocedor de las materias que se le encomienden, lo que en puridad será mejor para todo el país, aun renunciando un tanto a su ideología.

Pero Wert no es nada de eso. Si se repasa su currículum no es desde luego un experto en el campo de la educación. Es licenciado en Derecho, con un doctorado en sociología, con una trayectoria política, y con una carrera en la empresa privada como sociólogo general, asesor de bancos y tertuliano de televisión. Pero no es que sea un estudioso de la educación, o haya centrado sus estrategias o haya mantenido nunca a la largo de su vida profesional algún contacto con la investigación de la sistemática educativa. No es Ken Robinson, que lejos de mostrar una ideología, se ha preocupado por la realidad educativa, y ha trabajado en ese campo en distintos niveles, desde observar institutos y la relación profesor-alumno, hasta asesorar escuelas concretas o incluso a la Unión Europea; no es José Antonio Marina, preocupado por cómo funciona la inteligencia, y los sistemas de aprendizaje, y ocupado de aplicarlo a la Educación; ni siquiera Vaello Orts, director de instituto, con libros publicados sobre cómo enseñar al que no quiere aprender.

Aun así -me digo en mi ingenuidad- un ministro puede no ser un experto en lo suyo, pero sí dejarse asesorar por los expertos. Pero si se mira la propuesta de reforma de ley de educación no parece haber estado influida por ninguna de las nuevas tendencias en educación, ni por las reformas planteadas por países de nuestro entorno que tengan mejores resultados académicos, ni siquiera por las directrices generales de la Unión Europea. Ni plantea tendencias novedosas o arriesgadas que propongan nuevos enfoques según los nuevos tiempos. Antes al contrario, el enfoque general de la ley plantea una visión de la educación (yo casi diría de la sociedad) anclada en los años sesenta, donde había que estudiar lo que tuviera más salidas y trabajar en algo que, aunque no te hiciera feliz, te reportara un buen dinero. Y el que no valía, pues a FP. Y las medidas que propone van en esa dirección. No es ya reafirmarse en el modelo tecnológico de la educación (en el que estudiamos los de mi generación), que se considera superado a pesar de que es en realidad el que mayoritariamente se sigue aplicando, sino que es volver al modelo tradicional, donde el profesor emite conocimientos, el alumno los amplia con el libro, y demuestra lo aprendido reproduciéndolo en un examen. Razonamiento cero.

Cualquier experto de los ya nombrados, o cualquiera que con un poco de sentido común analice la ley, observará que no se plantean soluciones a la problemática actual. No se plantean en realidad medidas que eviten el abandono, medidas que mejoren la calidad del aprendizaje, o medios de reducción de alumnos por clase (la base de la autentica calidad en la Educación); no se amplia la optatividad; por supuesto, se olvida de la movilidad del mercado laboral, la valoración del trabajo en grupo, la creatividad, el pensamiento divergente; elimina las “materias que distraen”, justo en contra de las indicaciones de la UE, asesorada por Robinson; no mira, en fin, a países del entorno, a Francia, que mejora resultados del informe PISA con sus miércoles libres para actividades distintas a las del currículo, a Finlandia (la mejor Educación de Europa) con quince alumnos por clase…

¿Por qué entonces Wert? ¿Para qué una ley que en realidad no parece afrontar los retos de una educción de futuro, sino aplicar modelos superados hasta en la práctica? ¿Por qué no atender a la realidad, a los tendencias que desde hace años se defiende en la Unión Europea, en las filosofías de de la Educación? ¿De verdad se quiere mejorar la Educación? ¿O se trata de tomar medidas que favorezcan sólo determinadas tendencias, determinadas posiciones, determinadas idiosincrasias? ¿O legislar en contra de otras tendencias, o de políticas?

Yo soy muy ingenuo y me cuesta trabajo pensar que en realidad a un ministro de Educación no le interese la mejorar de la Educación, sino mejorar las estadísticas, y favorecer solo aspectos concretos de la educación (con minúsculas) Pero por otro lado, si atiendo a lo que se de Educación es esa la sensación que se transmite.

Me estremezco al pensar que se esté legislando del mismo modo en todas esas cosas de las que no se, y que no me de cuenta de las cosas que nos están colando. Porque si pienso que a Rajoy en realidad no le interesa la Educación, que no quiere arreglarla, no puedo evitar pensar en las cosas que no entiendo y en las medidas que se están tomando en economía y en empleo, y si les interesa mejorar o pagar deudas electorales. Miro y veo medidas desfasadas, aplicables a una realidad que ya no existe, y que favorecen a no se bien quien. Pero claro, yo no entiendo de eso.

No se si es mejor perseverar en la ingenuidad y mirar para otro lado. Pero si hacemos esto ¿no nos estallará la realidad en la cara?
 
Me voy a pasear con mis perros: estos no mienten sobre sus intenciones. En eso también nos ganan. 

domingo, 13 de enero de 2013

Mi perro Ringo

Hace poco más de dos meses, mi perro Ringo sufrió un ictus. Llevaba un tiempo regular: estaba perdiendo vista, la artrosis le estaba afectando mucho, había bajado su tono vital en general; un bajón definitivo en verano. Pero no esperábamos una cosa así.

No voy a hacer aquí en mensaje de esos buenistas y acaramelados (están muy bien, a mi me encantan) que pululan por Internet de “sea tan feliz como su perro” o cosas parecidas. Simplemente voy a revolver en mi mente y me voy a acordar de mi perro, que se lo merece. Y voy a ver lo que me ha enseñado. Y voy a escribir lo que salga. Y lo voy a compartir con vosotros.

Ringo se me coló en clase siendo un cachorro va a hacer pronto catorce años. Como todo cachorro, era irrefrenablemente simpático. Pero este era muy divertido: una bola de pelo, juguetón y expansivo, buscando claramente manada, que encontró en mi casa, no sin ciertas reticencias que el mismo se ocupo de disipar.

Y resultó ser muy listo. Aprendió en seguida las órdenes que le fui enseñando. Sin egoísmos, ni dobleces. Sin premios. Ahora, cuando me he convertido en adiestrador y conozco los resortes del aprendizaje canino, he corroborado lo bueno que es mi perro y lo mucho que me quiere. Aprendía y realizaba las instrucciones sin ninguna otra satisfacción que el jugar conmigo por las tardes noches.

Más allá del instinto y de su condición de macho sin castrar (es un ligón impenitente aun hoy, que todavía busca los rastros de hembras en sus cortos y trastabillados paseos), Ringo tiene su propia personalidad. Su propio carácter. Y es esencialmente bueno. Siempre de bien humor y siempre dispuesto. No es agresivo, no es un perro serio. Además de listo, o tal vez por eso, Ringo es… bueno.

Durante cinco años fue el niño mimado de la casa. No había niños, ni había otros perros. No había competencia y el asumía perfectamente su rol. En ese entonces fuimos un día atacados por la misma “bestia”: un perro mestizo de rottweiler con algo muy grande, que le produjo un corte en la pierna y a mí un moratón en el antebrazo. Hasta eso hemos compartido.

El recoger a Lola no le hizo mucha gracia: le gruñía, no dejaba que se acercara, se interponía entre ella y yo. No digamos cuando llegaron las crías. Sin embargo, hubo un momento en el que yo creo que hasta reflexionó y tomó una decisión. Sí, ya sé que esto no es propio de perros, pero…

Y desde entonces, en esa situación y siempre ante tesituras parecidas, Ringo ha elegido ser… bueno. Y aunque es el jefe de la manada perruna, su actitud nunca es violenta con los otros miembros. Su dignidad aun se mantiene. Le basta un gruñido.

Mis hijos no le supusieron ningún problema. Los ha asumido y soportado de bebés, y ahora los aprecia y los acepta perfectamente. Y sabe mantener una relación súper cordial con todos los humanos a los que quiere, entre los que se contaba mi madre.

Por otro lado, es muy poco exigente. No es el clásico perro que pasado cierto tiempo te está pidiendo paseo, o te reclama la comida. No. Es mucho menos coñazo que mucha gente que conozco, y que mis perras (benditas sean que me quieren mucho, y yo a ellas, pero son…  pesadísimas) Ringo se limita a estar. A acompañar y sentirse acompañado.

Mi perro Ringo sufrió un ictus hace dos meses largos. Cuando me llamó Maricarmen para advertirme, supe que algo serio le estaba pasando; salí volando del trabajo, y cuando llegué me lo encontré tumbado en el suelo de la cocina, con la cabeza y los ojos agitados. Desparramado en el suelo. Había vomitado varias veces. Lo vi muy mal. Llamé a Eva, Eva llamó a Ana, y Ana me llamó a mí. No pintaba bien. Lo veríamos en consulta, pero… había que probar, a ver como reaccionaba a lo que le pusieran…

Ese primer día, sedado hasta la mayor posibilidad, todavía tuvo la dignidad de moverse de la camita para no hacerse pipí encima. Y le quedaron arrestos para luchar sin perder esa dignidad y salir adelante. Ya a los dos días se resistía a salir a “pasear” con ayuda. Y poco a poco se ha ido recuperando. Al principio le quedó la cabeza torcida (con cierto aire regio que recordaba a la madre del rey), pero ya casi no se le nota. Eso si, está muy viejito y achacoso, y los paseos son cortos y la vitalidad es menor. Pero aquí sigue, de momento.

Ahora, mientras escribo esto, y casi siempre que he estado sentado al ordenador todos estos años, mi perro Ringo ha estado a mis pies. De él he aprendido a ser bueno, a mantenerme en mi sitio sin violencia, a tratar de mantener el buen carácter, a no ser coñazo, a procurar mantener la dignidad… No hablo de lo seguro, la fidelidad, el amor y esas cosas que se le presuponen a los perros, y que en el caso de Ringo adquieren otra dimensión.

Estos son sólo unas breves palabras que se aproximan de lejos a describir a mi perro y mis sentimientos, y que no pueden contener catorce años de convivencia. Pero yo tenía que escribirle esto. Aunque él no lo sepa, y no lo pueda leer.

Frases hechas

Anoche Eva me comentó una noticia que yo ya conocía. Resulta que la Junta de Andalucía ha decidido crear un nuevo observatorio para realizar las funciones que hasta ahora realizaban los inspectores de educación. Es decir, duplicar funciones, gastos, y enchufar a más gente a la que pagar con dinero público, con la agravante de conseguir probablemente resultados mediatizados, a gusto del que paga. Y eso en plena crisis.

Y era lo que me faltaba. Cuando me iba a acostar me acorde de una frase hecha que no se si existía antes, pero que yo conocí a través de una canción de Serrat. “Harto de estar harto”. Estoy harto como ciudadano que soporta lo que todos, como funcionario que soporta recortes y medidas injustas y abusivas, y como profesor funcionario, que se enfrenta día a día al deterioro del sistema educativo sin que se tomen medidas pensadas que vayan a mejorar en realidad la educación.

Y estoy harto de estar harto de todo esto, todo el día con quejas, con protestas, de mal café. Tanto que te entran ganas de… Y en esas me acuerdo de otra frase, que tampoco sé si existe en el imaginario colectivo, pero que decía mucho mi abuelo: “tengo ganas de no tener ganas de lo que tengo ganas”. Y esa era justamente mi situación. Tanto dar vueltas a la cabeza con lo mismo, tanto malestar, tanto político incompetente y caradura, que entran ganas de…, pero en realidad yo tengo ganas de no tener ganas de eso, sino de tener el pensamiento calmado y pacífico.

Y recordé otra frase. Esta es en realidad un consejo de amigo. “A partir de los cuarenta hay que relajarse más, trabajar más calmado, tranquilito tío”.

Y sí. Eso haré. Voy a relajar mi propia tensión en el trabajo, a preocuparme menos. Pero ¿Eso cómo se hace? Esto me lo he estado intentando aplicar desde antes de haber cumplido los cuarenta. Y nada. No es fácil. O al menos a mi no me resulta todo lo fácil que debiera. Y lo intento.

No lo intentes. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”. Frase del Yoda en El imperio contraataca. Vale. Pues ya la hemos liado, porque ya me gustaría trabajar menos, más relajado; pero no lo hago.

Harto de estar harto, tengo ganas de no tener ganas de lo que tengo ganas; pero debo relajarme que me sube la tensión, y no puedo dormir. Pues no sé. Y antes de caer me viene a la memoria una frase bastante más conocida, usada por cierto grupo sevillano con mucha precisión: Al carajo.

Esto me tranquiliza. Esto si que lo puedo hacer; no intentarlo: hacerlo. Mando al carajo a tanto mandria, aparco mis historias del trabajo, y vuelvo a escribir. Con este pensamiento me duermo lentamente. Y aquí estoy, escribiendo frases hechas.

 

♫Al carajo, al carajo, que se vayan al carajo♪

martes, 4 de septiembre de 2012

Calidad de Educación

Estoy pensando en que acabo de comenzar mi catorceavo año como profesor. En este curso se anuncia una nueva ley de calidad en la educación. Desde que doy clases he conocido cuatro leyes de educación. Soy incapaz de recordar el número de reformas, interpretaciones, aclaraciones, ordenes, reglamentos y aplicaciones torticeras. Llegue a tener un archivador completo con todas esas cosas. Hubo un tiempo en que me las aprendí y trabajé. Es un lio tremendo, porque los textos no paran de estar parcheados, y todo es cambiante. En Suecia, segundo pais en calidad en educación según el informe PISA, y primero de Europa, llevan con la misma ley desde 1973. En Suecia, por cierto, las horas lectivas del profesorado son menos que eran aquí. Mucho menos este curso que nos las han aumentado. Y aun así son los segundo del mundo. Nosotros aumentamos las horas y bajamos en el ranking. Que cosas.
Y sigo pensando. Pienso que no soy capaz de recordar muchas de esas leyes y reformas, ordenes e interpretaciones, que en realidad terminara repercutiendo en la "calidad de la educación". Siempre sirven para contentar a una ciudadnía conformista, que busca solución inmediata (y barata) a problemas que no quiere solucionar. Pero la calidad, lo que se dice calidad en la educación, no es que no mejore, es no se plantea en realidad fuera del preámbulo de las leyes.
Creo que me he ganado el derecho a ser esceptico (como poco) con la futura ley de calidad de la educación. Más aun cuando proviene de un analista que no parece conocer la realidad de la educación en España sino a tavés de estadisticas. Datos en un papel, sobre trabajo con material humano...
Creo que yo no conoceré un repunte en la calidad en la educación. Antes tendría que haber un repunte en la calidad de sociabilización, del sentido de lo público, del respeto a lo común...
En eso estoy pensando...

martes, 20 de marzo de 2012

Cabrones bípedos implumes

Hoy algún cabrón bípedo implume había atado al cuello de un perro mestizo una larga bolsa de plástico que lo hacía trasbillar. El perro estaba tan confundido que se había quedado parado en mitad de la avenida de Jerez, camino de Bellavista, donde el tráfico es intenso. Pude esquivarlo en la moto y al frenar para tratar de sacarlo de la carretera por poco me caigo, o me lleva por delante el camión que venía detrás, que gracias a mi estúpida frenada también evito al perro, que volvió a la acera.

Cuando me acerqué a tratar de liberarlo, estaba tan asustado que huyó despavorido, metiéndose otra vez en la carretera, tropezándose con el plástico. Otra vez los coches frenaron y esquivaron, y el perro volvió a la acera alejándose tan rápidamente de mi que le perdí de vista al volver por mi moto.

Cuando me monté y traté de localizarlo, fue imposible. Comprobé al menos que no estaba atropellado en la carretera, lo busqué por el expo-local y nada. En fin. Decidí seguir mi camino al trabajo, que ya llegaba tarde.

Varios cientos de metros más arriba, por las aceras de Bellavista volví a ver al perro, ya sin la bolsa de plástico atada, y andando por la acera mucho más tranquilo. Ignoro si alguien se la había quitado o se le había desprendido. No lo creo, porque había visto el nudo.

No comparto ninguna manifestación violenta. Las condeno todas. Puedo imaginar entender alguna, aun resultándome horrorosa. Pero no puedo entender en ningún universo la violencia gratuita contra animales, probablemente sólo como diversión. Especialmente en el llamado primer mundo. Especialmente entre seres que pasan por persona. Me causa una profunda tristeza y me levanta mis más bajos instintos.

A ese bicho bípedo le deseo una muerte pronta, aunque lenta y dolorosa. Y si hay Dios, que tenga en cuenta que ese ser era malo de verdad. Y si hay Dios, que perdone mi pecado de pensamiento, pero creo que el mundo que creó no está mejor en ningún aspecto con alimañas así dentro. Si hay Dios, que me perdone, porque escribir esto me ha merecido la pena. Y el hinchón de sudar que me he dado corriendo detrás del pobre perro, y el maldecir al cabrón que lo había atado, también.

Lo peor ha sido llegar y constatar que alguno de esos cabrones bípedos implumes figuran como alumnos en algunas de mis clases, que son impermeables al pensamiento ordenado, y que mi actividad educativa es absolutamente inútil, no ya para la música, sino para transformar a esos bichos en personas. Y así se desperdicia mi tiempo y mi posibilidad.

domingo, 13 de noviembre de 2011

El lugar donde has sido feliz

Recuerda Lucía que Sabina, en una canción, tiene escrito que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Y se pregunta por qué no.
Volver. En este contexto de volver, se suele entender como “lugar”, como un espacio físico al que regresar. Pero ese espacio físico que recordamos, lo recordamos en un contexto temporal, lo recordamos unido a un momento, a una situación, a una realidad pasada. Cuando deseamos volver al lugar donde hemos sido felices, lo que esperamos encontrar es esa misma felicidad, sin ser conscientes de que la felicidad no nos la dio el lugar, sino el momento, la época, personas que puede que ya no estén. 
Constatar que no volvemos a ser tan felices como fuimos en ese lugar produce una sensación tan amarga, tan desoladora, que es mejor no regresar; mantener en la memoria el lugar de la felicidad y no pretender revisitarlo con esa intención, porque aunque el lugar existe, el tiempo, esa cruel lija, esa negra espalda, es distinto.
Sin embargo esos mismos lugares físicos en que hemos sido felices también poseen un algo eterno, un algo que no cambia y al que sí que podemos volver. La esencia de las cosas. Volver a un lugar supone tratar de volver a la esencia, no a repetir la experiencia de la felicidad, sino a capturar otras nuevas. Así no estás volviendo al lugar donde has sido feliz, sino que estás propiciando el futuro.
Volver a un tiempo pasado solo sirve para hurgar inútilmente en al tiempo. Mirar a la infancia, la adolescencia… Ya sea el pasado positivo o negativo, salir a su encuentro solo debe ser visitar, no permanecer.
Buscar. Volver. Nunca se visita el mismo sitio, no te bañas dos veces en el mismo río; y sin embargo, el río es eterno, fluye y no cambia, dando sensación de eterna permanencia. Heráclito y Parménides. Y total ¿para qué? Mañana volverá a salir el sol, el mismo sol eterno, estemos dispuestos o no.
Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Los peores errores de mi vida

Empecé esta entrada pensando en contar una cosa distinta, pero, no.
Es cierto que, y alguna vez lo habré mencionado por aquí, haber estudiado Derecho fue uno de los grandes errores de mi vida. No por cursar estudios universitarios. En la Universidad conoces gente, mundo, te mueves, aprendes cosas de interés. Pero la parte educativa, al estudiar algo que no me interesaba demasiado, la viví como una carga, como una continuación del BUP y el COU, una aburrida obligación, que tendría muchas salidas en el futuro(¿?), pero que me hizo pasar varios malos ratos en su presente y bajó poderosamente mi autoestima.
No, no voy a extenderme demasiado en el lastre que supuso y en la predeterminación trágica de la vida (Aunque es probable que sea pasto de otra entrada, porque la idea me quema de vez en cuando los dedos)
De lo que al final terminaré escribiendo es sobre esos otros momentos no tan amargos ni trascendentes, pero definitivamente erróneos en la vida. Y todo a raíz de la comida del domingo pasado.
A ver. El primer curso que estuve en el Bellavista fue bastante gris. De hecho aun hoy, y es el tercero, sigue siéndolo: las nuevos casi no se saben mi nombre (yo tampoco se me el suyo, la verdad), casi no veo a profesores: yo entro, subo al aula de música, y no vuelvo a salir hasta el final del día, sin casi pasar por la sala de profesores.
En ese primer curso, como la relación en el centro no era brillante y mi ánimo no estaba muy allá, no tuve cuerpo, ni ganas de asistir a las comidas de Navidad, Feria y demás. Para la comida de final de curso me decidí, era almuerzo y no cena, y no coincidía de este modo con la de Eva.
Estaba extrañamente animado. Trataba de hablar con todo el mundo. Hacía tanto que no salía que no me dí cuenta de que bebía muy rápido. Me lancé a la cerveza de aperitivo como un león, durante la comida mezclé tinto y blanco indiscriminadamente. De pronto necesité tomar el aire. Comencé a sentirme mal. Muy mareado tuve que salir del restaurante, dar una vuelta por los alrededores.
No sé si es que fueron muy discretos o más bien que nadie me echó en falta (estuve sentado en una esquina de una mesa de treinta y tantos comensales), pero lo cierto es que nadie me comentó nada al día siguiente, ni hasta la fecha. Pero si alguien se percató, debí de dar una imagen espantosa: la primera vez que salgo y me marcho tambaleándome, sin despedirme, y antes del postre. Tan mal que tuve que dejar la moto aparcada y volverme en taxi.
Desde entonces ha habido otras comidas y he podido lavar mi imagen. He “sabido beber”. Me he mantenido achispado sin pasarse y luego he ido dejando de beber poco a poco para poder volver a casa pilotando mi propio vehículo.
Solo espero que el otro día en casa no cometiera otro de esos grandes errores de mi vida, y no metiera la pata. Porque hablando de esos errores, me encontré tan animado después de cierto tiempo sin reuniones parecidas, que me lance sobre el ron (por no hablar de la cerveza y el vino de antes) y logré una cierta borrachera. Y no sé si estuve demasiado lenguaraz y cometí alguna impertinencia. O aburrí. Detestaría haberlo hecho, porque yo disfruté mucho de la compañía.
En fin, si fui muy aburrido o impertinente, o algo, sólo se me ocurre que nada mejor para solventarlo que otra reunión parecida, con los mismos invitados y algún otro, pero, en sábado, para que la cena para que podamos cenar y seguir.
Y para entonces igual si que he escrito sobre los peores errores de mi vida. Derecho.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Las cigüeñas de Ballavista siguen ahí

El invierno pasado ya escribí de ellas aquí. Y aun con la lluvia y el frío que ha empezado, siguen ahí, en las almenas de los cuarteles cerrados de Bellavista. Majestuosas, desafiantes. Las cigüeñas de Bellavista no se mueven.
En días como el que ha amanecido, plomizo y frío, con lluvia, se me viene a la mente. ¿Por qué no emigran, por qué no se van, ellas que pueden? No son galgos abandonados con peor suerte que mi Lola. Pobres. El frío, la lluvia, el hambre y el desconsuelo se irán apoderando de ellos.
Pero mis cigüeñas lo tiene claro. Rompen moldes, desafían, saben lo que quieren y no les importa arriesgarse. Perseveran hasta conseguirlo. Y ahí siguen. Hasta que la pala cavadora derribe su hogar permanente.
En días como los que ha amanecido, plomizo y frío, con lluvia, me gustaría ser más salvaje, como las cigüeñas de Bellavista, y menos humano, menos igual que los galgos abandonados, huidizos, desconcertados, con menos suerte que mi Lola.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La costumbre, la voluntad o como se quiera decir.

La costumbre, ese monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, a pesar de ser un demonio en materia de hábitos, tal vez es un ángel cuando sabe dar a las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche: este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder.




Hamlet. Acto II. Escena XXVIII

domingo, 18 de abril de 2010

Domingo tarde

Con los días cada vez mas largos, con las tardes cada vez más luminosas (ese color ocre lento que ya van teniendo las tardes, esa luz renacida que parece que se derrama espesa como yema de huevo sobre todas las cosas y las hace inmóviles), a ver quien es el guapo de ser responsable, y retirarse pronto, con la vitalidad que la luz te pega al cuerpo.
Y con la Feria ahí al lado.
Anda...

A vivir que son dos días, y uno llueve.
Como hoy, lo cual no ha sido óbice para no ir a comer.

viernes, 12 de marzo de 2010

Las cigüeñas de Bellavista

Hoy he vuelto a ver a las cigüeñas de los cuarteles abandonados de Bellavista. Cuando pasas en bici y ellas vuelan un poco bajo te puedes dar cuenta de su magnifica envergadura. Hasta donde yo sé las cigüeñas son aves migratorias que pasan el invierno en zonas cálidas. Se unen en pareja durante toda la vida, y vuelven siempre a su mismo nido. Supongo que a las de Bellavista nadie se lo explicó, y no se acordaron de ir a África, y están ahí perennemente. Tampoco sabrán (nadie se lo ha debido contar todavía) que toda esa zona de cuarteles será derruida para hacer más casas, más suelo terciario. Para más bloques de hormigón, en suma. Supongo que plantearse reconvertir esos cuarteles en espacios culturales juveniles, o hasta en botellódromo, es exigirle demasiado a los políticos. Compartimos con otros animales las bases del razonamiento. Así no debe sorprendernos descubrir que los políticos razonen menos que unas cuantas familias de cigüeñas que se negaron a migrar.
Pienso todo esto mientras vuelvo. Estoy un poco trastocado. Últimamente me han llamado sereno, serio, triste no, melancólico. Y hoy (ayer en realidad) me han llamado lúcido. Me siento alagado, perplejo. Se me lee y con eso puedo sentirme bien. Pero ¿me estaré haciendo viejo realmente? Sereno y lúcido. Tshit. Y ahora me da por pensar en las cigüeñas. Y criticar a los políticos.
Y recuerdo un artículo de Javier Marías. Las cigüeñas son aves protegidas. Cuando tiren los cuarteles ¿qué pasará con esos nidos, a los que las cigüeñas siempre vuelven? Me imagino que alguien habrá pensando en eso. Aunque conociendo a la clase que dirige estas cosas… en el artículo de Javier Marías se llegaba a la conclusión que sólo la Guardia Civil del Seprona se preocupa en la práctica de los bichos protegidos. Que ironía. Los cuarteles abandonados de la Guardia Civil sirven de cobijo a las cigüeñas hasta que sean desalojadas y si no es la propia Guardia Civil, no sé quién se acordará de sus nidos.
Y pienso todo esto. Y pasan sobrevolando. Y sigo confuso. ¿Buscan las cigüeñas, como nosotros, apoyo en las relaciones afectivas? Según parece, el entramado afectivo que nos rodee es la base para resistir los avatares (:)) del destino. En ello se incluirán, supongo, las nuevas redes sociales, se comporten como se comporten, y los blogs. El notar, siquiera sea de lejos que hay gente que lee estas cosas, reconforta. Mañana hay reunión teatrera. Relaciones afectivas.
Tengo que escribir todo esto. Aunque no se si reconfortará al que lo lea.
Apostadas en las almenas, las cigüeñas, míticas, observan el tráfico desde arriba, ajenas a su futuro. Ajenas a todo esto.

viernes, 12 de febrero de 2010

Cuando no puedas pensar, escribe

Cuando no puedas pensar, escribe.
Esta frase encabeza el blog de una amiga (ventanastransparentes.blogspot.com) y me ha parecido definitiva. E inspiradora. A veces te encuentras tan bloqueado que no sabes qué escribir. O desanimado porque no te lee nadie. O estás ocupado y no te pones. O estás triste y no te vienen las ganas. O piensas demasiado y no te decides. O piensas que es inútil y no escribes. O no puedes ni siquiera pensar, ni pensar en escribir.
Así que sí. La frase me ha impulsado. Escribiré siempre que pueda. Aunque no piense. Aunque mi escrito quede como un grito de soledad aislado en la inmensa red de pensamientos y de voces que es Internet, que son los blogs. Puede que nadie me lea nunca. Puede que me quede embarrancado en la soledad del ciberespacio. Pero seguiré escribiendo mi diario, como Robinson, aunque me afeitaré de vez en cuando. Como hasta ahora, vamos.
Y también probaré con otras cosas.