Mi existencia reflejada en los espejos cóncavos del Callejón del Gato

domingo, 18 de septiembre de 2016

El gusto es nuestro: 20 años, y Marcianita



Hay un momento en la película Amadeus, y cito de memoria, en donde Salieri, cuando asiste al estreno de Don Giovanni, explica en voz en off cómo notaba que cada nota, que cada momento de la obra estaba escrito para él, y que él era el único capaz de comprenderlo y apreciarlo completamente.
Pues salvando las distancias algo así me pasó ayer durante un momento en el concierto de El gusto es nuestro: 20 años.
El espectáculo completo es un acierto y un disfrute para el público seguidor de Víctor, Ana, Serrat o Miguel Ríos. El concierto está perfectamente coordinado y planificado, y ellos, a pesar de la edad, están esplendidos. Quizá Serrat un poco más cascado, pero sabe cubrirse perfectamente tirando de simpatía y profesionalidad. Estuvieron geniales, con todas las canciones que espera uno escuchar y alguna otra más.
Pues hubo un momento, en el inicio de los bises, en que Víctor Manuel se marca una versión esplendida de Marcianita, un rock ligero de mediados de los cincuenta de un argentino llamado Billy Cafaro. Estoy seguro que casi nadie en el auditorio conocía ese tema, y yo sin embargo me la sé entera, porque a mi madre le encantaba, y la canturreaba con mucha frecuencia. Cuando de pie en mitad del personal cantaba yo solo con Víctor el tema, sentí que yo era el único en el auditorio que estaba recibiendo toda la emoción que podía transmitir esa sencilla canción, que vete tu a saber por qué Víctor la habrá escogido.
Me hubiera encantado llamar a mi madre en ese momento, pero ya no está. Eva estaba a mi lado y lo sabía. Pero ya no encontré a nadie a quien llamar que disfrutase conmigo y entendiera mi alegría y mi sorpresa por la canción. Cómo me hubiera gustado poder llamar a mi madre. No ha existido nadie que confiara más en mi criterio y con quien mantuviera de ese modo complicidades sobre música y, sobre todo, sobre cine.
Pero esa es otra de las cosas que se pierden cuando alguien se va. No sólo es la persona, su compañía, su presencia. Son tus propios recuerdos o la complicidad que mantenías. Y no hay un solo día que no la recuerde y la eche de menos.

En fin, como colofón final con retruécano incluido de la esplendida noche que pasamos, nos fuimos a un bar de karaoke por el Pumarejo, donde me marqué Yo quiero ser una chica Almodovar, una canción de corte tan clásico de Sabina, que mi madre estaba convencida de que la melodía no era suya.

To my mother with loving memories. 

domingo, 21 de agosto de 2016

Agosto en Edimburgo. Teatro y...


Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, Edimburgo organizó un Festival Internacional, centrado en representaciones de teatro, ópera y conciertos. Ocho compañías quedaron fuera de programa, y organizaron su propio festival on the fringe, algo así como en el límite. Desde entonces el Fringe se ha convertido en el festival de teatro más importante del mundo, sin desmerecer al Festival Internacional, que atrae a las grandes figuras de la escena británica y americana.
Así, durante el mes de agosto, en la capital de Escocia se concentran una enorme cantidad de agrupaciones escénicas de todo tipo, a todos los niveles. Coinciden el Festival Internacional, el Fringe, el Military Tattoo, el encuentro de agrupaciones teatrales de institutos americanos, miles de artistas callejeros entre músicos, acróbatas, magos, actores, mimos; las compañías del Fringe ofrecen en la Royal Mile (la calle central de Edimburgo) pequeños fragmentos de lo que ofrecen: musicales, revisiones de Shakespeare, transgresiones, vanguardias… La ciudad entera está implicada y hay representaciones en teatros, pubs, iglesias, y hasta salones de viviendas; y el centro ofrece un espectáculo multiescénico de una vitalidad arrolladora, que cautivaría a cualquier persona, no solo a los amantes del teatro.
Para mí ha sido un espectáculo fascinante, embriagador, que me ha golpeado en la cara, me ha noqueado y me ha vuelta a espabilar. Este año, gracias a la generosidad de Sara, amiga y antigua alumna, he podido ver cumplido el sueño de estar en Edimburgo en agosto. Y contemplar tanto entusiasmo, tanta vitalidad y entrega en las jóvenes compañías del Fringe me ha devuelto a mí mismo hace mucho tiempo. Me imaginé, me vi con ese mismo entusiasmo hace veinticinco años. Yo tenía que haber estado allí, tenía que estar allí en ese momento, pero al otro lado del telón. Me vi con mi grupo, no sé si decir compañía, a principios de los noventa, cuando después de ver nuestros montajes, fuimos invitados dos años consecutivos al Festival de Avignon, y al que al final no asistimos. Creo yo que fue por miedo, por falta de confianza en las propias posibilidades. En algún momento de mi formación, en alguna esquina del camino, se quedó la educación en la confianza en uno mismo, la autoestima, o como quiera que se llame. Y me faltó dar el paso. Dejando al margen mis cualidades, siempre discutibles, me faltó la fe y el atrevimiento. No tuve la suficiente confianza, convicción o determinación para perseverar, para no darse por vencido y retirarse antes de que la pelea hubiera ni siquiera comenzado. Y poco a poco, otros caminos y otras posibilidades fueron apareciendo.
No sé qué habría pasado. No sé si la vida que hubiera resultado me habría gustado en realidad. No me quejo. La educación es una ocupación intensa y vital, y me ha dado todo lo que tengo ahora. Y me ha permitido seguir en contacto con la practica teatral. Si no a nivel profesional, sí con el mismo nivel de exigencia y la misma pasión y entusiasmo. Pero la pulsión sigue ahí.

El viaje, el haber presentado un proyecto a Microteatro, un grupo de artes escénicas que ha salido para cuarto… todo eso ha desenterrado esa pulsión y la ha devuelto a flor de piel. Tanto, que hasta me podría plantear participar en el Fringe el año próximo, que conmemoran su setenta aniversario.
Aunque quizá ya es demasiado tarde.
O quizá no.



jueves, 18 de agosto de 2016

Donde el viento silba nácar


Uno de los amigos más antiguos que tengo no es de mi edad. En realidad, era uno de los amigos de mis padres, de la playa. Cuando yo no era más que un crío y las vacaciones duraban una eternidad, cada verano solían coincidir las mismas personas, los mismos matrimonios con niños, y a lo largo de los veranos se fueron fraguando relaciones de amistad muy sólidas. Se hacían grandes reuniones, de padres con hijos, donde todos charlábamos con todos. Eran en general personas amables, gentiles y divertidas. Aunque los niños congeniábamos con todos, siempre había algunos adultos más atrayentes para nuestros ojos. Y de entre ellos, Pepe era una figura magnética. Perecía como si lo rodeara el misterio.
José García Pérez, Pepe, a la vuelta de todos estos años, ha sido de todo. Pero en aquellos últimos años setenta en que España se movía incierta en los primeros caminos de la democracia, Pepe fue diputado en Cortes Constituyentes. Para mi madre era “Pepe el diputado”. Este hecho le convertía en una figura atrayente en general, pero para un niño que empezaba a tantear la adolescencia y a querer conocer más cosas, era alguien mucho más poderoso. Y Pepe, haciendo uso de su temple de maestro, siempre estaba dispuesto a atender largamente mis demandas, con charlas muy interesantes y muy entretenidas.
Donde el viento silba nácar es un lugar poético, pero vivido, imaginado por Pepe, entre las dunas, el Atlántico y los pilares de El Abanico. Ahí están encerrados muchos de aquellos momentos. Habitan en él, además, fragmentos de verano de mi última infancia, mi adolescencia y madurez; algún pedazo de invierno adolescente; bicicletas, recuerdos con mi padre, mi madre, hermana, amigos; dudas, escarceos y mentirijillas. Es un lugar mágico y envolvente, que me posee, y en el que encajo como la última pieza de un puzzle. Así está descrito en sus libros, que, aunque él no lo sabe, yo atesoro cuidadosamente.
Este año, por las razones que sean, no ha podido comparecer aquí donde el viento silba nácar. Y no vamos a poder charlar y cambiar impresiones. La sola presencia de su figura alta y desgarbada ya se echa de menos. Y aunque el silbo de ese viento trae ecos de muchas ausencias, y las iridiscencias del nácar están cada vez más oscurecidas por muchedumbres desordenadas y construcciones groseras y desaprensivas, ese lugar persiste en la memoria y en el presente, y renace cada año con nuevos impulsos de historias y vidas. Pero hoy se ve más empequeñecido por la ausencia de Pepe, que sólo puedo desear que sea pasajera.


domingo, 14 de agosto de 2016

Sara Calvente


Sara es una antigua alumna. De mi primer año. La casualidad hizo que luego Eva también le diera clase, de modo que es antigua alumna de los dos. Aquel primer año mío yo le daba alternativa, y muchas horas de clase derivaron en charlas de viajes, en hablar de culturas, ciudades y países. Y curiosamente ahora, un viaje y una ciudad ha hecho que convivamos unos días, gracias a su extremada generosidad.
A lo largo de los años como profesor, uno va manteniendo el contacto con un puñado de antiguos alumnos, que, por la coincidencia en gustos o pareceres, por la similitud en la visión general de la vida, o por la proximidad en facetas del conocimiento, hace que la relación se mantenga a lo largo del tiempo con la intermitencia y la naturalidad de una amistad. Esas relaciones, entre otras cosas, impiden que uno se quede anclado en una visión del mundo, y ayudan a mantener una apreciación más dinámica de las cosas que suceden y de su evolución. Se es testigo de la maduración y el avance en la sociedad y en la vida de unas personas más jóvenes y con visiones y realidades distintas.
En la actualidad, Sara está perfeccionando su formación y trabajando en Edimburgo. Y ha facilitado que pudiera cumplir un deseo largamente anhelado y que nunca podré agradecer suficientemente: estar en Edimburgo durante la realización de los diferentes festivales escénicos que la ciudad acoge.
Ahora es ya una persona adulta. Y es muy especial. Es una doctora amable y cordial. Su carácter familiar y su facilidad en las relaciones personales le han hecho desarrollar una elevada inteligencia emocional y una gran asertividad. Es generosa, educada, cortés y deseosa de aprender y afrontar nuevos retos. Y si el deseo de viajar y conocer culturas es muestra inequívoca de inteligencia, ella lo posee a raudales.


Sara ya era especial cuando la conocí. El tiempo simplemente ha confirmado lo que se apuntaba. De todas las influencias vitales que tiene una persona, los profesores tenemos muy poca presencia, pero Sara se ha convertido en esa clase de persona a la que uno, en su imaginación y su inmodestia profesional, le gustaría pensar que algún matiz de lo que ella es ahora, siquiera sea en unos gramos, tiene que ver con aquellas clases y aquellas charlas de viajes.


domingo, 23 de agosto de 2015

Memorias de Verano 2015 (II) Ritos de iniciación


Cuando en La Antilla se ponían toldos y casi no había sombrillas, y la figura del “rodríguez” era una realidad en España, era frecuente ver en la playa grupos de madres sin maridos, rodeadas de niños de distintas edades, todos reunidos en pandillas.
Mi padre solía tener vacaciones en Agosto, pero nos dejaba en la playa a mi madre, a mi hermana y a mí durante el mes de julio. Él venía los viernes y se volvía a marchar los domingos.
A mi madre le gustaba comer con bocadillos en la playa. En realidad le gustaba más el hecho de comer con bocadillos que el que fuera en la playa o en cualquier otro sitio. Le encantaba comer de bocadillos. Supongo que iría con su carácter presuroso: es una comida que se prepara rápido y se despacha también rápido, y a otra cosa. El caso es que durante esos meses de julio muchos días comíamos bocadillos en los toldos de la playa.
Lógicamente no estábamos solos. Estaban las otras madres y los otros niños. Me acuerdo de que con Jaime Abad montábamos después de comer auténticos campos de batalla con los soldaditos de plástico que comprábamos en los kioscos de “la parada”.
Poco a poco eso dio paso a hacer excursiones, ya sin padres pero también con bocadillos. La excursión típica en La Antilla para los niños de mi edad era ir a los caños, a una distancia que hoy me supone un paseo por la playa con mi perra por la mañana, pero que para nosotros era toda una aventura. Y allí echábamos el día, saltando y correteando, y bañándonos cuando subía la marea y se llenaba el caño. Con una indescriptible sensación de libertad y plenitud.
El otro día mis hijos se quedaron a comer solos por primera vez en la playa. Les preparé bocadillos y les puse refrescos, y se quedaron, con otros de su pandilla, en donde habitualmente bajamos todos, a unos doscientos metros de donde tenemos el apartamento. Pero eso era suficiente. Cuando le pregunté a Ángel qué tal lo había pasado, la respuesta fue clara:”perfecto”. Pude detectar en su expresión esa misma sensación de estar descubriendo cosas nuevas, vertiginosas, de estar transgrediendo límites más allá de lo esperado. De dar pasos entre la magia de la última infancia y la preadolescencia.

Me pregunto si ya con mi edad el paso del tiempo se ha llevado la posibilidad de esos descubrimientos trascendentes, o si seguimos teniendo acceso a esas sensaciones de novedad tan evanescente como la que sintieron mis hijos el otro día. Como las que sentía yo en la excursión a los caños. 

miércoles, 19 de agosto de 2015

Memorias de Verano 2015 (I)

Llevo tanto tiempo veraneando en La Antilla que ya ni me acuerdo del principio. He conocido chalets que ahora no existen, parcelas baldías donde ahora crecen chalets de diseño, dunas blancas y prácticamente vírgenes, donde solo la cabañas de los niños de mi pandilla alteraba su desarrollo natural.
Este año es la primera vez en muchísimos años en que voy a vivir un tiempo en La Antilla en un apartamento que no es el mío. Que no es el mío definitivo, vamos. Porque yo empecé viniendo a La Antilla durmiendo en casa de mis tíos, en El Abanico, a mediados de los años setenta. Después mi familia alquilaba en los edificios Casamar, hasta que mi padre se decidió a comprar un apartamento en las Torres Italia, que con sus altísimas trece plantas parecían significar la llegada definitiva del desarrollismo a la playa familiar que era La Antilla. Años después, a comienzos de los ochenta creo, mi padre cambió nuestro apartamento en los Italia por otro en El Abanico, que entonces era el centro neurálgico de su diversión y de la mía: allí vivían un motón de amigos y conocidos.
Pues desde entonces hasta hoy, si no recuerdo mal, siempre que he estado en la Antilla he habitado en ese apartamento. Hasta el domingo. En los últimos años ya nos tenemos que turnar mi hermana y yo en el uso del apartamento porque ya no cabemos todos. Y durante la segunda quincena de agosto nosotros hemos solido no estar en La Antilla porque mi hermana hace coincidir sus vacaciones en esa quincena. Nosotros unas veces hemos alquilado en playas de Cádiz, y otras nos hemos vuelto a Sevilla.
Ese año el plan era Sevilla, pero viendo que la mayor parte del personal que conocemos, y, sobre todo, viendo que mis hijos tienen pandilla y edad para disfrutarla, hemos hecho una búsqueda apresurada y un esfuerzo, y hemos alquilado aquí. En el apartamento justo encima del mío. En el apartamento que fue de José Luis (Pepelu) y Piluca; en el que luego alquiló durante mucho tiempo Juanjo; en el que una noche al volver de marcha, Fernando MacGregor se tiró encima la litera completa, despertando a toda mi casa…

El actual propietario se esforzaba el otro día en mostrar las virtudes del piso, y nos hacía notar lo fresco del salón si dejamos medio abierta la puerta de entrada. No quise decirle que el pestillo pasador que todavía está en esa puerta, aunque roto y sin uso, ya lo había puesto para ese fin Fernando, el padre de Pepelu y Piluca, en los tiempos en que celebrábamos el cumpleaños de Piluca con una enorme fiesta, cuando yo no tendría más de diez años. 

martes, 13 de enero de 2015

Después

Al escuchar los pasos de su padre subir las escaleras ya sabía lo que vendría después. Ni se preocupó en disimular. De hecho, la mochila estaba abajo. El ya sabía que tenía que hacer los deberes. No sabía muy bien por qué o para qué. Solo sabía que tenía que hacerlos, y que no le apetecía.
- Tienes que hacer los deberes
- Ya, pero es que no quiero.
- Pero es que tienes que hacerlos.
- Pero es que yo quiero jugar.
- Ya jugarás después.

“Después”. La palabra terrible. Todo va a ser “después”, y al final no pasa… ver la tele, ir al cine, jugar con los legos, salir a jugar, ir a casa de Pablo… ¿A qué tantos deberes después de estar todo el día en el cole; para cuando voy a jugar con los legos, para cuando termine los deberes, que son el cuento de nunca acabar?
No se inmuta de momento y sigue con sus juegos.
El padre trata de no enfadarse y sin mucha convicción repite: “Tienes que hacer los deberes”. Se da la vuelta y baja las escaleras. Cada paso le suena como un clavo hundiéndose en su convicción. ¿A qué tantos deberes después de estar todo el día en el cole? ¿Cuando va a jugar con los legos, cuando termine los deberes que son el cuento de nunca acabar? ¿Cuando haya crecido y jugar con los legos ya no tenga sentido? ¿Cuando los asuntos vayan ya por otro camino y jugar con los legos sea cosa de niños? ¿Cuando la ilusión del juego, del logro y de la sorpresa ya no exista, no la recuerde? Entonces los legos ya habrán perdido su sentido, si es que lo tienen, suponiendo que algo tenga sentido.
El padre tropieza con la mochila que debía estar arriba y abierta. La mira.
- Deberías estar haciendo los deberes.


En casa de sus padres todavía hay cajas de legos. Las piezas están casi nuevas. Se usaron poco en realidad. También hay una bolsa de tela que tejió su abuela y que tiene canicas dentro. Y un Scalextric cuidadosamente guardado, que solo se montaba en Navidad; se usó en pocas ocasiones a lo largo de años. Se guardaba para después. Y al fondo del segundo cajón, un montón de historias que inventar, pendientes a ser jugadas después de terminar unos deberes que al final no sirvieron para orientar su vida posterior; no sirvieron para convertirle en una persona más sociable, más entrante, más segura y confiada. No sirvieron para después. No sirvieron para nada. 

lunes, 12 de enero de 2015

Año Nuevo, Vida Igual


El otro día bajé al trastero los adornos de Navidad, ya retirados. El nuevo año ha empezado su ritmo cotidiano, y ya era necesario recoger la casa. Metido en la actividad de poner orden, reviso los propósitos de año nuevo del año pasado, que encima están publicados por aquí abajo, y compruebo que el resultado es digno de sonrojo. La mayor parte de ellos duraron tanto como los últimos adornos de Navidad. Uno hace inventario, listas y planes con muy buena voluntad, y luego llega la realidad del día a día y, como un martillo pilón, los aplasta y reduce.
En la lista del año pasado había cosas para realizar puntualmente, actividades con final, y, sobre todo, ideas de cambio de hábito. Es cierto que algunas cosas con final sí que he terminado, y que, como la intención de cambiar de hábitos o coger habitualidad en según qué cosas siempre está presente, algo de cada cosa he ido haciendo. Pero creo que no he conseguido adoptar con regularidad ninguno de los hábitos propuestos.
No es que sea muy grave en cuanto a salud -no tengo un sobrepeso alarmante ni tengo que dejar de fumar- pero resulta como poco descorazonador. Además, algunos de los planes iban referidos a hacer más cosas con los niños en todos los sentidos: estar pendiente de su estudio, estudiar con ellos, jugar al fútbol, jugar en general, montar en bici, organizar el tiempo… Y entonces surgen dudas sobre cómo lo estás haciendo como padre. No veo que mis hijos estén muy ordenados con respecto a su horario de estudio y su horario de juego, el desorden reina en sus cosas y ya por ende en toda mi casa, y encima el mayor empieza a flojear en clase.
Dicen los expertos que para lograr su cumplimiento, lo básico es simplificar al máximo el número de objetivos, proponerse una o dos cosas, y eso implicará cambios paralelos en hábitos y demás zarandajas. No estoy muy seguro de que sólo con eso se logre, y, en cualquier caso, no sé como hacerlo, y menos a comienzos de año, donde se agolpan las urgencias de lo que no has hecho y deberías, y de lo nuevo que quieres hacer.
No obstante, habrá que intentarlo. Me propondré un único objetivo, y dejaré que los otros vayan llegando, a ver qué tal. Lo que no sé es si compartirlo aquí, no sea que alguien lo lea y comprobando el resultado, mi sonrojo sea aun mayor.
Ya iremos viendo a lo largo del año si lo cuento o no. Por cierto, que es Año Nuevo: lleguen a todos mis mejores deseos para 2015; que al contrario que a mi, no os asalten tantas dudas, y que vuestros planes sean concretos y se cumplan.
FELIZ AÑO NUEVO.

domingo, 20 de abril de 2014

Reunión


Tenéis juventud. Y es genial. Quien ha sido joven una vez, es joven para siempre. Pasar un tiempo con vosotros es estupendo. Reverdecen ideas en el alma, se siente uno más joven (y, eventualmente, más borracho, según pasa el tiempo)

Pero además tenéis valor, audacia y fe en vosotros mismos; confianza en que valéis y arrojo para lanzaros a ello. Eso es envidiable. Yo nunca tuve esa fe en mis propias posibilidades, si alguna vez existieron. Me falto la fe que el espíritu exige de los navegantes. Y os envidio. Es envidiable.

Tenéis el coraje para optar por la especialidad que preferís, aunque sea poco reconocida, cuando podéis optar por cualquier otra; el empeño y el arrojo en trabajar en las humanidades, las adaptaciones, aun cuando no sea lo que esta de moda ni en el mercado; la osadía de reclamar lo que pensáis que os pertenece y defender vuestra creación por encima de todo…

Aparte de bajar la guardia y decir muchas tonterías, y dejar al descubierto las debilidades y los pequeños vicios (espero que me disculpéis), el otro día estuvimos hablando de un montón de cosas; de la vida, del amor, el tiempo, de cine, de teatro, de historias, de estudios, de aventuras pasadas… del sentido de la vida. Tal como yo lo veo el sentido de la vida no sólo es hacer las cosas “por follar”; lo que le va dando sentido a la vida son las reuniones como la del otro día, las cosas que convierten en especial el vivir diario, aunque también se pueda encontrar sentido en las pequeñas cosas rutinarias.

Lo pasamos bien.

Sólo espero que dentro de veinte años, cuando me esté convirtiendo en un anciano impertinente y coñazo, y vosotros seáis una doctora modelo, súper apreciada por sus pacientes, un prestigioso traductor reclamado por las editoriales inglesas, o un popular dramaturgo con obras estrenadas y esperadas (casi seguro fuera de España), queráis seguir compartiendo ratos conmigo. Para mi seguiréis siendo igual de jóvenes; las personas queridas no envejecen.

Pero antes de eso hay y habrá otro montón de oportunidades. Antes de que eso llegue, (o por si acaso me hacen otra prueba médica y me dejan en la cuneta) ahora viene el puente del trabajo, y la Feria (o la Feria más larga de la historia, según se mire)

Os espero en dos semanas. Eso incluye a Juan, estupendo fichaje, y a Carmen, a ver si esta vez sí la pillamos. y a Berta. Y a todos los que se quieran apuntar.

Un beso a todos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un hombre de frontera revisitado


 
El otro día volvía a salir en la conversación el tema de la educación. Y se planteaba que hay profesores que no, pero que yo tengo que tener vocación; que con las cosas que hago, los videos, las actividades, que se me nota. Yo nunca he pensado que la tuviera. No sé, no lo creo.
No es que no me guste la enseñanza, pero no llegué a ella por vocación, sino por rebote, como una oportunidad surgida. Una vez dentro, trato de hacer mi trabajo lo mejor posible, pero no me siento muy miembro del gremio de profesores, educadores o lo que quiera que sea que diga la próxima ley.
Y si miro hacia atrás, compruebo que rara vez he terminado de encajar en algún grupo, rara vez me he sentido plenamente integrado. Prefiero considerarme, mejor que un excluido, “un hombre de frontera”. Algo así como John Wayne en Centauros del desierto. Aunque ahí no se sabía si era excluido, o si él mismo se quedaba al margen.
Cuando estudié derecho, no se podría decir que fuera el prototipo de “estudiante de derecho”. Era demasiado “rojo”. En Arte Dramático, donde encajé mejor, era demasiado “pijo”. No se me solía tener en cuenta para montajes o grupos, porque parecía demasiado en otra onda.
Luego me especialicé en dirección, y tuve mi grupo, y montamos cosas; y años después lo volví a retomar; y aun mantengo la esperanza… Ahí si que fui yo el que iba por libre.
Mientras tanto estuve tocando el saxo en un grupo de música, pero me sustituyeron por otro más alternativo y “maldito”.
En los cursos de doctorado de Ciencias del Espectáculo, que verdaderamente disfruté, era una rara avis más. Un licenciado en Derecho, que estudia un doctorado interdepartamental de filología, porque también es licenciado en Arte Dramático.
Cuando se presentó la ocasión de las oposiciones, pues las tomé, pensando más en teatro que en música. Pero al final, profesor de música.
Y como profesor de música soy una isla: tengo mi propia aula a la que acuden los alumnos, es decir que no tengo que salir y desplazarme por el centro; hay días que no saludo a ningún profesor: entro en el centro, subo al aula, y me voy después de mis clases. Y todo ese atontamiento y atolondramiento con el que nos va saturando la Junta de Andalucía con requerimientos, informes, papeles, estadísticas, actas, reuniones, me suenan cada vez más como un eco lejano. Algo inútil, que sé que está ahí, pero que en pocas ocasiones sirve para mejorar mi trabajo (no digamos mi vida)
Soy Javier, disfruto de la compañía de quien conmigo va, y ahora estoy ahí. Y si miro hacía atrás, veo que he tendido a ser individualista, un poco verso suelto. Es culpa mía, pero…
Cuando los días de lluvia me calo mi sombrero “western” y salgo a pasear con mis perras, solos en el parque, me transporto, y me siento eso, un hombre de frontera en una peli del oeste, de los que han hecho de todo un poco, y siguen buscando… mejor eso que aprendiz de mucho y maestro de nada…
Parece que siempre lo he sido. Pero de una cosa puedo estar seguro: sin ella estaría perdido.
 
 

domingo, 2 de febrero de 2014

New Year Resolutions Primer Mes




Después de la lista de asuntos pendientes que puse por aquí a principios de año, y que fue muy celebrada, tocaría hacer balance del primer mes.
Termine las adecuaciones de las listas, que nunca dejan de cambiar. Ya las tengo preparadas para todas las actividades (formularios y flauta) del segundo trimestre. Y estoy preparando más aun las clases de inglés, y recuperando el pulso del grupo, que se había despistado un tanto.
He grabado, montado y editado, y completado con rótulos y música, cuatro capítulos de la Historia de la Música. Puede que el resultado no os parezca gran cosa, pero lleva su tiempo. Y además los he ido poniendo en clase, con un resultado mejor del que esperaba. Y después completo el trabajo con una revisión a través de formularios de gmail.
He escrito en este blog una o dos entradas por semana, con mayor o menor acierto, pero he escrito. Y he terminado otro artículo para love4musicals la mejor página web de España (casi diría en español) de musicales. Es sobre la peli “La leyenda de la ciudad sin nombre”. Ya pondré el enlace cuando se publique.
Unido a todo eso está la rutina diaria de dar clase, despertar a los niños y llevarlos al cole cuando me toca (cuando por horario no coincide con Eva) cabrearte luego con ellos para que hagan los deberes, pasear a los perros, lo que me lleva mínimo de hora y media al día, pensar en preparar la comida, aunque en esto estoy flojeando y Eva me cubre.
Fuera de programa Carlos dio una audición con la flauta a la que asistimos, y Ángel quedó tan bien impresionado que se ha lanzado sobre el antiguo clarinete y lo hace sonar, así que con Carlos ensayando y Ángel tocando alguna nota, me lance a sacar el saxofón que ni se sabe el tiempo que hacía que no lo tocaba.
Además sacamos tiempo para celebrar el cumple de Eva y pasar un día muy completo; y para una barbacoa con la familia, que también estuvo bien.
Pero queda por terminar con cierta urgencia la colocación del riego. Suerte que llueve de vez en cuando…
En fin. No está mal, pero lo cierto es que no doy abasto, y en febrero comienza el curso de coursera de la música de los Beatles. Voy con la lengua fuera a tos laos. Y queda mucho pendiente, y la casa está muy desordenada, con apuntes y libros, y ropa por todos los lados. Y eso que Eva no para de recoger. Y no he puesto lavadoras este finde. Y no sé si habrá bajado un poco la calidad de los videos, o de los artículos para love4musicals.
Y a pesar de este ajetreo y esta tensión, no adelgazo.
Pero bueno. Ya veremos febrero. Que nos cunda a todos.

lunes, 27 de enero de 2014

Veredicto final




La mayor parte del tiempo, estamos perdidos. Decimos: "Por favor, Señor, dinos lo que es correcto, dinos lo que es la verdad"; “Que no hay justicia; Los ricos ganan, los pobres quedan indefensos”

 

Nos vamos cansando de oír mentir a la gente. Y tras un cierto tiempo morimos.

Pensamos en nosotros mismos como victimas. Y en eso nos convertimos. Nos hacemos... Nos hacemos débiles. Dudamos de nosotros mismos, dudamos de nuestras creencias, dudamos de nuestras instituciones; y dudamos de la ley.

Pero hoy, ustedes son la ley. Ustedes son la ley. No unos libros, ni los abogados, ni la estatua de mármol o los enredos en un tribunal.

Eso son solo símbolos de nuestro deseo de ser justos. Son en realidad una plegaria, una ferviente y temerosa plegaria…

En mi religión se dice: "Actúa como si tuvieras fe y la fe te será dada".

Si... Si queremos tener fe en la justicia, necesitamos tan sólo creer en nosotros mismos y actuar con justicia.

 

Y yo creo que hay justicia en nuestros corazones.

 

Frank Galvin (Paul Newman)

Veredicto Final

 

Película dirigida en 1982 por Sidney Lumet. Guión de David Mamet.

martes, 21 de enero de 2014

Losito Marrón y Minimono

 

Mi madre guardaba colgado en la barra del armario de mi cuarto mi antiguo osito de peluche. Estaba al final, detrás de donde están las camisas que nunca te pones y que se habían quedado pasadas y pequeñas hacía años. Metido en una bolsa de un centro comercial de Caracas, donde estuvimos seis meses en 1975. Desde entonces, o un poco después, no sé exactamente, el osito ha estado allí.

Supongo que mi madre lo guardaba con la idea de retener esos momentos de infancia que todos los padres añoramos o añoraremos de nuestros hijos. El tiempo de la inocencia y la candidez, de las risas sanas; el tiempo de disfrutar de los niños sin ambages, sin las complicaciones que va trayendo la edad. El tiempo de descubrir el mundo y en el que te sientes poderoso protector, guía hacia la vida.

Pero el tiempo no se puede retener.

Yo no sabía que el osito estaba ahí. De vez en cuando llegaba hasta la bolsa de plástico buscando algo, pero suponía que sería algo de mis padres. Y allí quedó.

Mucho tiempo después, cuando nació Carlos, ella recordó que estaba ahí. O quiso acordarse, quiso rememorar. Mi madre estaba entonces empezando su lucha contra el cáncer, y supongo que para ella fue un modo de aferrarse a la vida, a su vida, lejana, pero que ella mantenía pegada al alma, y que nunca volvería. O de proyectarse pensando que su hijo, ese al que a ella le gustaría tener todavía en brazos, todavía correteando a su alrededor, era ya padre. Yo, que jamás volvería a ser aquel niño (pero que en el fondo sigo siéndolo), no supe verlo entonces. Y no logré recordar al osito.

Mi hijo Carlos tiene un osito pequeño desde el mismo día que nació. Venía como adorno de un ramo de flores que le regalaron mis padres a Eva. Pero con tal puntería que fue su osito desde siempre y desde entonces hasta hoy aun duerme con él. Perdido su lustre, cosido y reparado mil veces, es su compañero fiel. Con Ángel no sucedió lo mismo; mantiene desde muy pequeño cierta fijación con dos pequeños peluches que vinieron de Ikea, pero no tiene un favorito.

Supongo que algún día ya no los querrán para dormir, y yo los guardaré como un pequeño tesoro, intentando, al igual que mi madre, retener esa infancia que se fue, y no sé si también la mía, mucho más lejana.

Aun sabiendo que quizá la única manera de retener el tiempo es vivirlo, vivir cada momento como si fuera el último, apurando cada segundo que pase con mis hijos de manera positiva, exprimiendo y dándome cuenta al mismo tiempo, de la infinitud de ese momento concreto.

Aunque creo que ni aun así lograré contener el paso del tiempo, ni el avance de las cosas, ni retener los retazos de vida que se escapan como destellos ante mis ojos, demasiado preocupados a veces por cosas que al correr de los años no tendrán sentido.


miércoles, 15 de enero de 2014

Mi viejo Compac Presario


Me encantan las historias y las pelis de segundas oportunidades. Esas donde un tipo se pasa la vida en segunda fila y, de repente, surge una oportunidad de despuntar, fuera completamente de plazo. O la de los que han sido estrellas y ya retirados demuestran que aun son los mejores. Pelis clásicas, como El rey del juego, o comedias amables del tipo Tin cup, Equipo a la fuerza o una inglesa de un equipo de rugby de cuyo nombre no puedo acordarme. Cowboys del espacio. O, más cercana a mis mundos, En lo más crudo del crudo invierno, sobre actores de teatro en retirada.
Por eso escribo esto. Aunque sea de una la historia de un objeto inanimado.

En el año 2001 yo andaba dando clases en el IES Cantely de Dos Hermanas. Ese curso iba a ser mi primero como Jefe de Estudios. Durante el mes de julio trabé muy buena relación con el director y el secretario. Entre los dos me convencieron de que adquiriera una oferta en Carrefour (recién nombrado de “Continente”) de un portátil. Lo hable con Eva, y no le pareció mal. Era un buen precio, que permitían financiar en doce meses sin intereses. Podíamos pagarlo al contado, pero para que casi no se notara, como me dijeron mis compañeros del equipo directivo, lo financiamos.
Era un Compaq Presario que tenía de todo. Lo más novedoso del momento. Con catorce pulgadas y un teclado de tamaño amplio, tenía un ratón táctil y el sistema touch que permitía desplazase por la pantalla arrastrando el dedo; pentium 4, con 250 megas de memoria RAM, y un giga de disco duro. No tenía wifi, pero es que entonces eso no existía; poco después se empezó a hablar de bluetooth. Con este, si te querías conectar tenía que ser por cable, como todo el mundo entonces. Pero tenía grabador de cds, cosa que nuestro ordenador de sobremesa no tenía. Resumiendo: era lo más.
Y tuvo un arranque fulgurante. Fue muy usado. Como portátil o en el salón, como segundo ordenador, conectado con un cable cruzado naranja de doce metros, que ahora no soy capaz de encontrar en el trastero. Desde entonces lo he llevado casi siempre y hasta hace muy poco a todas las playas en verano. En él escribí buena parte de mi tesina; planifiqué cuatro años la plantilla del centro, los grupos y los horarios de Cantely. Y grabamos muchos cds, hasta que le compramos un grabador de cds y lector de dvds al ordenador de mesa. Ahí empezó su declive.
La tecnología avanzó. Llegaron los notebooks, que a nosotros en realidad resultaron un fiasco, pero ya tenían wifi, pesaban menos. Compramos un nuevo ordenador con hdmi, muchísima más memoria, mas capacidad de manejo de datos y gráficos, y dejamos al barebone, cumplidamente formateado y ampliado, de segundo ordenador.
Poco a poco el Compac Presario se fue quedando olvidado. A pesar de que le hicimos ampliaciones de memoria, tanto RAM como de disco duro, lo formateamos, hasta la adquirimos una tarjeta de wifi; le cambiamos el sistema operativo y funciona bien, y rapidito, se fue quedando apartado, relegado a la azotea para conectarse a Internet y hacer funcionar el karaoke.
Pero el lunes, cuando había terminado los videos de Historia de la Música y los iba a mostrar en clase, resultó que en el ordenador del aula no corrían bien; ni en el portátil del insti; ni siquiera en mi barebone. Sólo con mi primer ordenador de mesa. A la desesperada probé con mi viejo Compac Presario, y no se por qué razón, si por la falta de ocupación de la RAM o por puro coraje, pero él sí era capaz de mostrarlos. Volvió a tener su momento de gloria.

Ahora durante unos meses me acompañará a las clases para poder proyectar de manera correcta los vídeos en el aula. A pesar de su grueso perfil y su aspecto anticuado, sigue estando ahí, como un campeón. Como en los viejos tiempos. 

martes, 7 de enero de 2014

Planes pal 2014 y otros asuntos pendientes


Montar el riego en la azotea; regar las de interior regularmente; preparar las listas de los ocho cursos para los dos próximos trimestres; grabar el curso de historia de la música; si sale bien grabar uno de teoría de la música; los cursos de cursera (el primero empieza en febrero); intentar trabajar en pasen, al menos en el grupo que doy inglés; preparar mejor las clases de inglés…

Digitalizar las cintas de video de la cámara; ordenar y recuperar fotos de los móviles; hacer copias de seguridad de un montón de archivos de fotos; ordenar la cantidad inacabables de archivos de audio y video que tengo por todas partes; ver esos archivos; ver películas pendientes; ir más al cine…

Escribir; escribir en el blog; escribir artículos para love4musicals; escribir la tesis; la mini-historia del cine, que cada día es menos mini; las actas del departamento y del área artística…

Tocar el saxofón; tocar la flauta con Carlos; practicar y realizar arreglos musicales…

Pasar a limpio los apuntes de adiestramiento; clasificar las fichas de adiestramiento y ordenar bien los apuntes; más propaganda de fidecanis, buscar más trabajo de adiestramiento que me oxido; terminar de leer los libros de adiestramiento; leer los libros pendientes, que se acumulan…

Hacer ejercicio; montar en bici con Dana; montar en bici con los niños; estar más tiempo con los niños; ordenar mejor el tiempo de estudio de los niños; también jugar más con los niños; excursiones, cine…

Revisar y hacer limpia de zapatos; revisar y hacer limpia de pantalones (no porque esté engordando, es por viejos y/o en desuso)

Y lo que no se me ocurre pero saldrá ya mismo… sin olvidar llevar una vida ordenada, cuidar la salud y la alimentación, y todas esas cosas…

 

Y según los teóricos, la base del éxito, de conseguir los objetivos, es reducirlos al máximo y priorizarlos.
Abarco demasiado, pero ¿cómo priorizar y diversificar al mismo tiempo?
Iremos viendo…
De momento, vámonos con las listas…

Decisiones, decisiones...


La vida es, entre otras muchas cosas, un cúmulo de decisiones. Tomamos decisiones todos los días. A cada momento. Levantarnos cinco minutos antes o apurar al tiempo justo, la ropa que nos ponemos, si desayunamos tostadas o cereales, o el medio de transporte que escojamos. Muchas de estas están automatizadas o forman parte de la rutina, lo que no quiere decir que no sean decisiones. El hecho mismo de convertirlas en una rutina es una decisión. Cenar ligerito para dormir mejor; qué serie ver por la noche en la tele. Todas estas cosas nos permiten ir pasando los días, que se van sucediendo sin demasiado sentido.

Luego están otras decisiones de menor frecuencia y un poco menos rutinarias. Cortarnos el pelo, o el tipo de peinado; invertir en tal o cual asunto más tiempo o dinero; el tipo de coche, según necesidades o gusto o posición; a quien votar o no hacerlo.

Con otras tratas de formar el carácter. Cuestan, porque ya las tenemos arraigadas y hay que hacer un esfuerzo consciente: ser más paciente, estar más tiempo con los niños; hacer ejercicio, comer sano y no cometer excesos. Pensarme las cosas un poco, ser mejor persona.

Y están las de mayor transcendencia, las que se deben tomar con tiempo, porque se piensan para el largo plazo. Los estudios que haces, el trabajo que eliges (aunque ahora es más complejo y cada vez es a plazo más corto), con quien me debo casar, si decido hacerlo; tener hijos o no (el tener un hijo no te convierte en padre, del mismo modo que tener un piano no te convierte en pianista), el tipo de vivienda y su modo de pagarla. El modo general de vida.

Un buen número de decisiones acertadas en cada uno de estos estratos, te facilita la vida, te la acerca a la felicidad. Existen, desde luego, otras influencias, imprevistos, reacciones inesperadas. No hay, además, una receta que garantice buenas decisiones; no podemos evitar equivocarnos. De hecho, buena parte se comprueban a posteriori si fueron decisiones acertadas o no.

Pero hay otras que nacen viciadas, o que tienen su origen en impulsos guiados por instintos bajos, o que se ven erróneas (que no arriesgadas) desde el principio. De estas, si no las reconoces, o no te das cuenta, te advierten las personas más cercanas.

Si acumulamos decisiones equivocadas no debemos sorprendernos de que las cosas no nos vayan demasiado bien, aunque no seamos malas personas.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Mi amigo Tuti


Tenia pensado escribir por aquí (y lo terminaré haciendo) que el sábado pasado estuvimos, junto con unos cuantos más, en el campo de Regla, donde justo hace dos Dana se nos pegó, y explicar en qué medida nos ha cambiado a todos la llegada de la perra.
Pero cuando estaba con esas ideas rodando recibí la maldita noticia de que uno de los asistentes a esa reunión, Tuti,  había fallecido repentinamente. Son de esas cosas que no te puedes creer, que parece que no comprendes, que ha sido un error. No podía ser, si nos habíamos estado riendo un montón el sábado…
Y qué menos que didcarle mis pensamientos; qué menos que escribírselos...
 
Conocí a Tuti hará tres años en una reunión de una antigua pandilla de amigos que veraneaban en Chipiona. En unos bloques de Chipiona. Yo fui porque Eva veranea allí desde pequeña, pero yo no conocía a casi nadie. Había allí un montón de personas desconocidas, pero a lo largo del día ya más o menos te quedas con algunos nombres, algunas caras…
Tuti y yo creo que nos caímos bien en seguida. En realidad era muy difícil que Tuti no te cayera bien: siempre con una sonrisa en los labios, siempre con alguna palabra de tranquilidad o de amabilidad. A partir de entonces hemos coincidido unas quince o veinte veces en reuniones más bien festivas. Y creo que con él, y también con su mujer, Miriam, surgió un sincero afecto. Nos contábamos como nos iba, la evolución de nuestros hijos y sus hijas, charlábamos de casi todo,… como hicimos el sábado…
Era muy difícil que Tuti tuviera una mala palabra de alguien, o encontrarle enfadado; al contrario, siempre tenía una palabra de tranquilidad, de sosiego casi; siempre atento a las cosas; siempre un “¿Que pasa, como estamos?” “Bien, ¿no?”.
Entiendo que hoy en Jerez se hubiera reunido tanta gente. Era una persona como pocas, y perderlo de esa manera tan repentina, y siendo tan joven es muy difícil de aceptar, y nos deja a todos un poco desnortados. Y mucha gente siente su ausencia.
 
El mundo era mejor con él dentro.
 
Pero no quiero que este sea un recuerdo triste. Supongo que Tuti no hubiera querido. Creo que quizá ni lo hubiera permitido.
Quiero verlo ahora desplegando toda su humanidad en la playa, jugando y riéndose con mi hijo pequeño y sus reacciones con él. Quiero verlo cómo nos vimos el sábado, y despedirnos tan tranquilos, tan contentos, con un abrazo y un beso hasta la próxima.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Sunday is a lazy day

Cuando estuve estudiando inglés en Irlanda durante un mes, allá por el pleistoceno superior, esa era la frase que cada domingo solía repetir mi familia de acogida. Teniendo en cuenta que era verano, lucía el sol y no hacía demasiado frío, para los irlandeses era el tiempo perfecto. Y era perfectamente comprensible que fuera “lazy”: levantarse temprano, pasear, saludar a vecinos, ir a la misa matinal (Irlanda es muy católica) y saludar a todos los parroquianos y al cura… algún arreglo en casa, comida tranquilita, paseo vespertino…
Hoy hace aquí un domingo muy parecido a aquellos. Y además se dan circunstancias que me transmiten esa sensación. Me he tirado unos días o atareado, o con prisas por hacer cosas, aunque no fueran de trabajo. Y hoy, después de pasar ayer un magnifico día en el campo, me siento como liberado, y se me ofrece por delante un día tranquilito. He decidido dar un paseo largo con Lola y Dana. A mi me encanta salir temprano los domingos. Te da cierta sensación de clandestinidad: no se oyen coches, no te cruzas con casi nadie por la calle, solo algún vecino que van con prisas a comprar el pan para el desayuno, o los churros. En la Avenida de Finlandia están preparando los puestos para el mercadillo. A mediodía estarán abarrotados, lo mismo que las terrazas de los bares y quioscos, y habrá un montón de niños corriendo y jugando por los columpios. Ahora no. Las personas que están montando los puestos te saludan contentas.
Cuando llego al descampado del final, los alrededores del solar enorme donde Zoido va a construir un centro deportivo con una pista de esquí artificial (eso pone para este barrio su programa de alcalde) nos encontramos con Fresa, otra galga. Fresa es muy asustadiza, y su dueña rara vez la deja suelta. Pero hace unos meses han acogido a un pequeño macho mestizo, que ha ayudado a socializar a Fresa. Y hoy la ha soltado y ella y Dana han estado corriendo como locas al sol de la mañana por las zonas verdes de detrás del Fremap. Lo han pasado genial.
A la vuelta, después de un buen paseo, resulta que Zoido está por aquí, inaugurando el nuevo nombre de una rotonda (ahora glorieta) abierta al tráfico desde 2005. Justo delante del solar donde se tiene que construir el centro deportivo.
Los domingos como hoy, con sol, son días tranquilos, de terracitas, mercadillos y paseos. Pero para que es tranquilidad sea posible, hay otras personas para los que los domingos son día de trabajo fuerte. Su esfuerzo es necesario para ese beneficio de otros. En mi barrio el alcalde no es una de estas personas.

Me voy a pasear con Ringo.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Por darme el gustazo, más que por necesidad


Con el propósito de recuperar, de desempolvar el blog, he estado releyendo las entradas pasadas. Haciendo arqueología. Y me he dado cuenta de que tengo un montón de artículos publicados. El blog es suficientemente antiguo como para eso. Estuve especialmente activo en 2010. Algún artículo incluso tuvo comentarios, o alguno salió especialmente jugoso.
Cada cierto tiempo hay alguno del tipo “voy a escribir más veces, con entradas más cortas” como el del otro día. Soy muy recurrente, según parece.
No se si todo esto debe desanimarme o animarme, pero como estamos cerca de Navidad, y con las evaluaciones terminadas, estoy propenso al optimismo. Y decido animarme: hay un montón de cosas escritas, y habrá alguien que las hay leído, o incluso alguien que llegue por error y le llame la atención. Hay incluso referencias y fechas que ayudan a recordar cosas y momentos, y que en su día me ayudaron a reordenar pensamientos y tranquilizar el espíritu. Hay cosas de Eva, de los niños, de mis perros (de Dana casi nada), de las cigüeñas de Bellavista; cosas de educación, cosas de otras cosas, alguna broma,... Partes al menos curiosas o interesantes.
No hay nada de adiestramiento, curiosamente. En 2011 y 2012 la producción desciende. Fue esa la época del curso de adiestramiento, de los cursos de coursera (hice cuatro el año pasado) Supongo que Facebook se ha llevado su parte. Pero escribir en un blog no es lo mismo. Merece la pena mantenerlo.
William Lever, Lord Leverhulme, un inquieto y pertinaz hombre de negocios victoriano, decía algo así como “se que la mitad de mi publicidad no sirve para nada, pero no se exactamente qué mitad”. De escribir en un blog se puede decir casi lo mismo; casi de la vida en general. Como me decía una vez Miguel Cisneros “nunca se sabe quien puede estar leyendo”. Nunca se sabe a quien afectará lo que digas o hagas. 
Dan Ariely es uno de los autores de uno de los cursos de coursera que hice el año pasado. Algún día tengo que escribir en el blog sobre el. Me gustó tanto que me he comprado dos libros suyos. En uno habla sobre la motivación de escribir en un blog, y concluye que, básicamente, la posibilidad de escribir para ser leído, aunque fuera por una sola persona, es suficiente para darse el gustazo de escribir un blog.

Pues eso. Escribir para darse el gustazo, Y si alguien lo lee y le gusta, le sirve, le alegra o le conmueve, pues mejor. Con cuatrocientas palabras más o menos.

martes, 10 de diciembre de 2013

Volver a La Antilla


Volver a La Antilla para mí es volver a la esencia de las cosas.
A pesar de no haber nacido allí, ni de vivir allí la mayor parte de mi tiempo, sin ni siquiera haber vivido en la playa durante largas temporadas, La Antilla es algo así como el lugar al que pertenezco. No descubro nada si digo que el tiempo acentúa más los buenos recuerdos. Sólo que además, por alguna razón selectiva, los recuerdos que más retengo de La antilla van ligados a mi segunda infancia y primera juventud, en verano, con iguales, tiempo libre, bicis… No deben ser muy malos. Y volver a la Antilla me produce una agradable mezcla de nostalgia y alegría.
Eso hace que sea el sitio donde siempre espero encontrar cierto equilibrio, cierta paz, unido a diversión y relajo.
Este verano, como la mayoría sabe, debido al incendio en la terraza de mi casa de Sevilla, no pudimos estar todo el tiempo que queríamos y teníamos planeado; y el tiempo que estuvimos no fue relajante. No podía ser.
No fue un verano descansado, y el principio de curso no ayudo precisamente a rebajar tensiones. Hay más horas, más alumnos, más reuniones, menos tiempo para nada…
Mirando el calendario hace un mes, comprobé que este año sí que había puente de constitución-inmaculada. El año pasado no hubo (tuvimos karaokada Beatle para compensar). Y planeamos irnos para La Antilla unos pocos.
Y ha sido el puente perfecto. Ha hecho un tiempo estupendo; al sol, casi se podía estar en camisa; se ha podido pasear, charlar, beber y comer agradablemente y sin prisas…
Como objetivos principales (otra excusa para ir) tenía el que mi hijo pequeño consiguiera de una vez quitar los ruedines a la bici, y que los perros (sobre todo Ringo) pasearan y corrieran por la playa desierta. Y todo eso también lo conseguimos.
Pero además hemos disfrutado de la compañía, los niños han podido jugar y corretear al aire libre (y montar en bici, claro); nos hemos reído mucho y lo hemos pasado muy bien; no hemos puesto la tele de viernes a lunes, y ni siquiera nos hemos dado cuenta.  
Volver a La Antilla es volver a la vez a un tiempo y un espacio. El lugar donde has sido feliz. Pero es volver a la esencia para propiciar el futuro.

Que me lo he pasado muy bien, vamos. Y que me ha sentado estupendamente.